Es cómo si fuera a alzar el vuelo, triunfante.
sábado, 29 de septiembre de 2012
San Miguel Arcángel
Es cómo si fuera a alzar el vuelo, triunfante.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Magnificat

"Glorifica mi alma al Señor,
y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador,
porque ha mirado la pequeñez de su esclava.
Y he aquí que desde ahora me felicitarán todas las generaciones;
porque en mí obró grandezas el Poderoso.
Santo es su nombre, y su misericordia para con los que le temen
va de generación en generación.
Desplegó el poder de su brazo; dispersó a los qu se engrieron en los
pensamientos de su corazón.
Bajó del trono a los poderosos, y levantó a los pequeños;
llenó de bienes a los hambrientos, y a los ricos despidió vacíos.
Acogió a Israel su siervo, recordando la misericordia,
conforme lo dijera a nuestros padres en favor
de Abrahán y su posteridad para siempre."
(Magnificat de María)
lunes, 20 de agosto de 2012
The Were-Wolf by Clemence Housman
En tierras nevadas, nórdicas... de hielo y ventisca... Los monstruos caminan entre los hombres, ocultos “bajo una belleza de flores”.
En mitad de la infinita blancura (que se extiende hasta más allá de dónde alcanza la vista), y bajo un cielo cuajado de heladas estrellas, pueden sucederse carreras vertiginosas hasta la medianoche. Carreras que, burlándose a carcajadas del frío doloroso que ya de por sí quema, encienden los pulmones cómo si éstos estuvieran en llamas, fuego líquido e insoportable extendiéndose por el pecho.
Y, entonces, sangre escarlata y aún humeante empapa la nieve inmaculada.
Rojo sobre blanco.
Bestias con pieles níveas... también níveas, cómo todo paisaje y escena allí... Pieles suaves, delicadas, pertenecientes a seres que no tienen alma, y cuyo instinto sediento de rojo sobre el blanco aplasta, agarra, pierde, devora, consume... Pieles que son cómo el invierno nórdico imperante, crudo e inmisericorde, y, a la vez, poseedor de una belleza inmutable y serena a su cruel manera.
Ojos llenos de las estrellas del cielo. Que seducen y te llevan consigo... te llevan consigo...
Y al amanecer has cerrado tú tus ojos, y estás muerto. Y tu piel es toda blancura... sobre blanco. Blanco, y el rojo corriendo por todas partes. Hasta que la bestia hace desaparecer también tu piel, cómo ha hecho desaparecer ya tu dulce vida en mitad de un beso dulce...
Se lleva todo lo que había en ti... y ya no quedan siquiera huesos blancos sobre el blanco.
Ha devorado tus entrañas.
Y luego se pierde en la nieve.
Una belleza cruel. Que se marcha sin decir adiós.
Así es el invierno.
No obstante... aún es poco para la Belleza que mata el rubí rojo que es la joya que ha obtenido.
¿Quizás desearía también la paz...? Eso le gusta decir.
¡Qué poética es la muerte!. La bestia no está en paz. Es el cuerpo blanco que ya no existe y que está en el interior del monstruo el que ha logrado envolverse en La Paz. Y no la bestia.
Pobre bestia...
Eso le gusta decir.
Y esas sombras que hacen llorar a los niños entran en las casas cálidas, cálidas a resguardo del horror de la vida y del frío, y se agazapan lejos de la luz del fuego liberador, que ahuyenta a los espíritus.
Una gran Valentía puede caer en la espiral de la bestia, si se aleja demasiado del círculo protector de la hoguera en la chimenea (que ahuyenta a los espíritus). Porque a menudo esa valentía y la ferocidad guerrera que la compaña y el alma victoriosa y feroz pueden admirar, sentirse afines, e incluso llegar a aprobar esas naturalezas bestiales que encarnan cualidades semejantes... junto con la inseparable perversidad sin remordimiento que es el alma del cazador.
Porque a despecho de toda resistencia maravillosa, elasticidad impresionante de movimientos y músculos, coraje y poderío, un cazador es un cazador.
Y la muerte es parte de él.
La Muerte es él.
Si la Conciencia no puede disuadir a la Valentía imprudente, irresponsable... intolerable, entonces esa conciencia debe correr en la noche para saltar sobre el cazador antes de que la cacería comience.
Uno solo en todo ese mundo nevado podía igualar a la Bestia en resistencia y velocidad de leyenda. Y se trata de esa Conciencia del desespero, ese que encarna el ardiente sentimiento que eclipsa cualquier otra cosa... porque es la fuerza que ama.
Un amor que no es egoísta. Que no puede quedar jamás, jamás subyugado por lo que admirable, fascinador parece a simple vista, y fantástico, y que en verdad sólo es seducción del mal... y belleza cruel.
Pero el amor a menudo es entregado a las fauces de la muerte por redimir, en esta ocasión la atracción salvaje que puede ejercer una bestia sobre un Valor equivocado.
Y el blanco vuelve a llenarse de rojo. Pero esta sangre no sólo es roja, sino que está impregnada de algo especial... Verdadero sacrificio. Amor, sólo amor.
Amor que impulsa un alma hacia las estrellas. Para que todo vuelva a empezar.
La próxima vez todo será distinto... pero lo que no cambiará, hasta que las mismas estrellas caigan y se desvanezcan para siempre, es ese inmutable amor.
No sólo el invierno cruel es inmutable. El amor es más firme que la crueldad. El amor no muda nunca, pero la crueldad sí se acobarda y mengua, se empequeñece, se esconde cómo las sombras a plena luz del mediodía.
La piel blanca, la bestia, yace sobre la nieve.
Es ella ahora la que es blanca y roja, sobre blanco manchado de rojo. Y a su lado, uno que es sacrificio de amor muestra más de lo mismo.
Qué curioso que en la muerte quedaran unidos... El Amor y la Bestia. Sus cuerpos yacieron uno junto a otro, cómo niños que duermen tras haber jugado hasta la extenuación.
Al final, el Valor puede odiar... porque ciega fiereza se entremezcla en él. Cómo la bestia y el invierno habían sido bravos y crueles.
Pero a pesar de ese odio, ya no hay más opciones: ha acabado el cuento, y al Valor sólo le resta asumir una deuda de amor tan grande.. que amenaza con devorarle entero, hasta que ya no quede nada de él cómo si la bestia continuara viva... Pero es algo bueno, sagrado y demasiado grande para expresarlo lo que le devora esta vez. Y el Valor volverá así a casa, lleno de la sangre roja de la Conciencia, cómo un insólito amuleto (ungüento protector) que ha quebrado un hechizo maligno.
martes, 7 de agosto de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
Los Aristogatos
martes, 19 de junio de 2012
Fausto y Mefistófeles

“MEFISTÓFELES:
(Apareciendo de repente)
¡Aquí estoy!
¿De qué te extrañas?
¿No me encuentras a tu gusto?
La espada al costado, la pluma en el sombrero,
la escarcela llena,
una suntuosa capa sobre los hombros;
en suma, ¡un auténtico gentilhombre!
¡Y bien! Doctor, ¿qué quieres de mí?
¡Habla, vamos!... ¿Te doy miedo?.”
(“Fausto”, ópera de Charles Gounod. Fragmento del Acto I)
¿Quién ha podido reflejar tan maravillosamente cómo Harry Clarke el ambiente opresivo, retorcido y demoníaco que se respira en la historia de “Fausto”? (en este caso, la versión de Goethe).
Para mí, ningún otro ha podido igualar las escenas tan atrozmente vividas, llenas de engendros, sombras o figuras que aparecen y desaparecen conforme uno cree que están o que no existen, respectivamente. Que parecen ser fruto de la imaginación, espejismos... allá dónde sólo hay color y una vaga protuberancia más oscura que semeja ser un ojo vigilante... que nunca puede identificarse como tal por completo.
Clarke obliga a nuestra percepción, con ingenio macabro, a sumergirse en un mundo onírico y salvaje, cruento. Nos hace participar activamente en él, cómo si fuéramos otro Fausto o Margarita boquiabierto, buscando desesperadamente aferrarse a algo de cordura en la pura abyección y el delirio de esos trazos... que no son trazos, sino más bien las trazas de un completo mundo infernal. Mundo en el que, cómo expresaría Poe, “abunda lo hermoso, lo extraño, lo lujurioso, mucho de lo terrible y no poco de lo que podría considerarse repugnante”.
Y, ¿sabéis?; el color no ayuda en el universo de Clarke. No suaviza ni esconde el horror y la perversidad. No dulcifica las líneas que forman la pesadilla y el asco.
El color, aplicado por los caprichos de esa tormentosa mente, lo único que logra es realzar lo sombrío (aunque esto parezca un sinsentido).... Cómo la llama del Tártaro que “no luz sino visible oscuridad ofrece” de “Paraíso Perdido”.
Sí, esos intensos pigmentos, las gamas elegantes y magistralmente entremezcladas (entrelazadas) sólo confieren a la ilustración un tono aún más espantoso de realidad y vida palpitante; cómo la sangre roja inundando las venas.
Por ello, y aun cuando todas y cada una de las ilustraciones que forman el “Fausto” de Goethe por Harry Clarke estremecen y fascinan (repelen; causan nausea; a veces risa; admiración... y aun turbación), la más emblemática de todas ellas sin duda... la más famosa, la que todo el mundo relaciona (cómo magistral) con este consumado autor de piezas de pesadilla... Y la que muestra tan soberbiamente el corazón y las entrañas mismas de esta leyenda oscura y caótica sobre un hechicero que vende su alma al Diablo...
...Es la que corona esta pequeña crítica, y que titulan: “Is there anything in my poor power to serve you?”.
La imagen muestra a un anciano Fausto vestido enteramente de verde esmeralda frente a un libro de hechizos, inevitablemente impresionado (y quizás también horrorizado) al ver a Mefistófeles, acabado de convocar, junto a él. Mefisto viste unos ropajes que son rojizos, anaranjados y amarillos, extraños y oníricos cómo su propia persona. Alta, elegante y majestuosa, con unos ojos rasgados parecidos a los de un gato, llenos de una malicia sardónica temible, y un rostro fino y delicado irónicamente bello y agradable. Pero no desprovisto de un aura encantada, sobrenatural.
Sus manos de dedos muy largos y delgados, espectrales... Sus pequeños pies del tamaño de los de un niño, cómo era hermoso según el canon de la época, enfundados en un calzado que parece más bien llamas lamiendo...
Así, desde la enigmática cabeza cubierta por un distinguido sombrero adornado con una pluma rojísima, a la usanza de la moda de un caballero, hasta esa especie de botas crepitantes... Todo en Mefistófeles parece despedir un halo seductor y a la vez atroz.
Una ilustración contradictoria, ¿verdad?. Frente a la cual nadie sabe precisar (ni puede decidirse) si causa lógica inquietud, ante la visión de un poder infernal invocado y aparecido, con su expresión de atenta cortesía ocultando las intenciones demoníacas y la perdición de su ser; o si, a pesar de todo, no causa más bien una especie de morbosa fascinación contemplar cómo el Mal es capaz de revestirse de un aspecto tan atractivo y gentil.
Porque Mefistófeles, lógicamente y cómo no puede ser de otra manera, es un demonio (según la leyenda, para más señas, de altísima jerarquía). Y Clarke no disimula o maquilla esto en absoluto. Dota a su Mefisto de un aura inequívoca (aunque más bien la historia gira entorno a lo equívoca que es, lo engañosamente perversa) que evoca a este otro fragmento de “Paraíso Perdido”:'El Infierno dentro de él, pues el Infierno dentro trae, y alrededor de sí, y del Infierno cual de sí volar no puede un paso aunque cambie de lugar'.
Así, simplemente, lo que muestra “Fausto” respecto a Mefistófeles es que un demonio puede alejarse de la figura bestial, híbrida entre rasgos humanos y animales, de la que obras cómo el “Diccionario Infernal” de Collin de Plancy hacen un total, primario y estúpido uso y abuso, y mostrar la guisa y maneras de un caballero... para su propia conveniencia. Para seducir, subyugar, impresionar. Fascinar.
Así pues, el fragmento citado de la ópera de Gounod lo dice todo por sí mismo:
“MEFISTÓFELES:
(Apareciendo de repente)
¡Aquí estoy!
¿De qué te extrañas?
¿No me encuentras a tu gusto?
La espada al costado, la pluma en el sombrero,
la escarcela llena,
una suntuosa capa sobre los hombros;
en suma, ¡un auténtico gentilhombre!
¡Y bien! Doctor, ¿qué quieres de mí?
¡Habla, vamos!... ¿Te doy miedo?.”
Un demonio, en esencia, no es más que un ángel. ¿Y que ángel no es hermoso?. Aún caído.
Eso es lo que es Mefistófeles, un ángel caído.
Y Harry Clarke es un maestro, que da con el tono más adecuado, con la expresión más perfecta de esta dualidad entre apariencia y depravación. Pone rostro a Mefistófeles de una forma única y abrumadora, cómo ningún otro artista ha podido igualar jamás. Pues ya no se trata siquiera de “mero” arte, de una simple disposición de líneas regidas por cánones conceptuales, sino de pura imaginación e inspiración, pura concepción de escenas que insólitamente saben seccionar un fragmento del mismo Infierno para depositarlo, inofensivo pero vivo, en nuestras manos.
¿Y Fausto?. Ese Fausto que busca lo oculto, aunque su sed de conocimientos le lleve a la condenación eterna... Ese Fausto vestido de esmeralda, de mirada desorbitada, que desea firmar un pacto con el Diablo, y a la vez ésta idea le repele porque es humano y teme...
Y, sin embargo, su humana debilidad hacia lo desconocido queda expulsada, él la vence. Se obliga a vencerla.
A la par que desecha toda la mundana felicidad que aún le pueda quedar a un anciano cómo él sobre la tierra, y la promesa del Cielo en la otra vida... Él busca un imposible, ¿por qué no?, un ideal. El poder sin cortapisas, la juventud ardiente y el amor nunca antes experimentado...
Fausto prefiere el mundo secreto (vedado al ojo mortal), esas formas que ahora puede percibir por primera vez... que transforman los colores, vuelven del revés toda ley natural... Prefiere todo esto antes que volver a una realidad en la que, bajo su punto de vista, únicamente le resta morir y olvidar los sueños insatisfechos de una vida insatisfecha.
Así, la elección de Fausto recuerda a esta “Rima XI” de Gustavo Adolfo Bécquer:
“—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.
—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin,
yo de ternuras guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No, no es a ti.
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
—¡Oh ven, ven tú!.”
Y por eso quizás se le apareció el singular demonio, y no debido a una triste invocación impresa en un vetusto libro de hechizos. Pues todas las potencias de la mente y el alma puestas en un mismo (y obsesivo) propósito son más eficaces que cualquier ensalmo “mágico”.
Fausto negó a la Vida... pero el Infierno pudo escuchar y respondió a su llamada.
“—¡Oh ven, ven tú!”.
lunes, 28 de mayo de 2012
"The Death and the Love..."

En la clara alba, o caída la noche,
cada cual escoge a la moza o el galán.
Ardiente suspiro o bien gélido aliento,
Enloquece o hiela a la moza y el mozo,
El Amor y la Muerte atrapan a su presa
Al alba y por la noche en paciente emboscada."
(Le Fanu)






