lunes, 30 de mayo de 2016

A




"En campo, sable, la letra A, gules."


martes, 26 de enero de 2016

"The Sphinx", by Oscar Wilde




"Desde un ángulo oscuro de mi estancia, durante más tiempo del que puedo imaginarme, una Esfinge bella y silenciosa me acecha a través de las tinieblas ondulantes. Intangible y quieta, no se alza ni hace el menor movimiento. Poco le importan las lunas de plata y los soles remolinantes. En el aire el rojo sustituye al gris; las oleadas de luna descienden, pero cuando llega el alba, ella no se va y cuando vuelve la noche, sigue ahí.

La aurora sigue a la aurora y las noches declinan, y durante todo ese tiempo esta extraña gata permanece extendida sobre el tapiz chino, con sus ojos de raso fijos en la orla de cero. Permanece acostada sobre el tapiz, espiando oblicuamente, y sobre su pecho color roble ondea su piel suave y sedosa, con estremecimientos que llegan a veces hasta sus orejas puntiagudas. Acércate ya, mi hermoso senescal, que dormitas en tu postura estatuaria. Acércate ya, ser de una extravagancia exquisita, mitad mujer, mitad animal.

Acércate, encantadora y lánguida Esfinge mía, ven a colocar tu cabeza sobre mi rodilla y déjame pasar una mano acariciadora por tu pecho y examinar tu cuerpo moteado como el de un lince. Déjame tocar esas garras ganchudas, amarillo pálido, y coger a manos llenas esa cola que, semejante a una monstruosa serpiente, se enrolla alrededor de tus patas aterciopeladas. Un millar de siglos lentos te pertenecen, cuando yo, en cambio, he visto apenas veinte estíos despojarse de su verde librea para vestir la librea abigarrada del otoño.

Pero tú sabes leer los jeroglíficos en los grandes obeliscos de granito, has conversado con los basiliscos y has mirado frente a frente a los hipogrifos. ¡Oh! Dime, ¿estabas tú presente cuando Isis se arrodillaba delante de Osiris, y viste a la Egipcia cuando hacía disolver la perla para Antonio y bebía aquel vino embriagado todo de la joya, e inclinaba la cabeza con un terror fingido para ver al colosal procónsul sacar de la espuma el atún salado.?

¿Y espiaste a la Cipriota cuando besaba al blanco Adonis, sobre su lecho fúnebre? ¿Seguiste a Amenalk, dios de Heliópolis? ¿Hablaste con Thoth y oíste llorar a Io, coronada de cuernos lunares? ¿Conociste a los reyes pintados que duermen bajo la Pirámide poliédrica? Alza tus grandes ojos de raso negro, semejantes a unos cojines donde se deja uno caer. Ven a estirarte a mis pies, fantástica Esfinge, y cuéntame tus recuerdos.

Háblame de tus cantos de la Virgen India que caminaba errante con el Santo Niño y dime cómo les guiaste a través del desierto y cómo durmieron bajo tu sombra.

Háblame de aquel verde atardecer cargado de perfumes, cuando acostada junto a la ribera escuchaste la risa de Antinoo desde la barca dorada de Adriano, y cuéntame cómo bebiste en la corriente calmando tu sed y cómo contemplaste con una mirada ávida y ardiente el cuerpo de marfil de aquel joven y bello esclavo cuya boca parecía una granada.

Háblame del laberinto que servía de establo al toro de doble forma. Háblame de la noche en que te arrastrabas sobre el plinto granítico del templo, en donde el ibis escarlata revoloteaba por los corredores tapizados de púrpura, chillando asustado, y del horrible rocío que caía gota a gota de las mandrágoras dolientes y del enorme soñoliento cocodrilo que vertía lágrimas cenagosas en tu estanque y que, arrancando las joyas prendidas en sus orejas, volvía hacia el Nilo con movimientos vacilantes.

Cuéntame cómo te maldecían los sacerdotes, en salmos entonados con voz chillona, el día en que cogiste entre tus garras a su jefe, y cómo te deslizaste a rastras para saciar tu pasión bajo las palmeras temblorosas. ¿Quiénes eran entonces tus amantes, quiénes eran los que luchaban por ti en el polvo? ¿Cuál era el instrumento de lujuria, quién era tu amante cotidiano? ¿Era uno de aquellos lagartos gigantes que venían a enroscarse ante ti, entre los cañaverales de la ribera? ¿Venían a arrojarse sobre ti, sobre tu lecho revuelto, los grifos de grandes costados de metal?
¿Venía el monstruo hipopótamo a abrazarse contigo entre la bruma? ¿Eran los dragones de escamas plateadas los que se retorcían de pasión en nudos complicados, cuando pasabas junto a ellos? ¿Y qué horrible quimera fue la que salió del sepulcro licio, de ladrillos, con sus cabezas espantosas y sus temibles llamas para hacer engendrar a tu seno nuevas maravillas?...
¿Es que albergabas inconfesables huéspedes secretos o es que arrastrabas a tu mansión a alguna Nereida envuelta en la espuma ambarina, con unos senos extraños de cristal de roca? ¿Es que ibas, hollando con tu pie la espesa bruma, a visitar a la bronceada Fenicia y a pedirle noticias de Leviatán o de Behemot? ¿O es que subías, cuando el sol había desaparecido, por la pendiente bordeada de cactos, al encuentro de tu negro Etíope, cuyo cuerpo era el pulido azabache?

¿Es que ibas, mientras los barcos de barro cocido encallaban en los pantanos del Nilo, al atardecer, cuando los murciélagos de vuelo incierto giraban alrededor de los triglifos del templo, es que ibas con furtivo paso hasta el borde de la ribera, para atravesar a nado el lago silencioso, y desde allí, deslizándote en la bóveda, hacer de la Pirámide tu lupanar hasta el punto de hacer salir de cada uno de los negros sarcófagos al muerto, pintado y vendado? ¿O es que atraías a tu lecho al Trageofos de cuernos de marfil?

¿Es que amaste al Dios de las Moscas que atormentó a los Hebreos y que estaba manchado de vino hasta la cintura, o a Pasht, que tenía dos berilos verdes por ojos? ¿Quizá fue a aquel joven Dios, al Tirio, que era más amoroso que la paloma de Astaroth? ¿O amaste al Dios del Asirio, cuyas alas, semejantes a una extraña y transparente mica, rebasaban ampliamente su cabeza con un pico de halcón, que estaba pintada de plata y de rojo, rodeada de fajas de oricalco?

¿O acaso el enorme Apis saltó de su carro para arrojar a tus plantas las gruesas flores del nenúfar que tenía el aroma y el color de la miel?...

¡Qué sutil es tu sonrisa! ¿Entonces es que no has amado a nadie? No; bien sé que el gran Amnón fue tu compañero de lecho. Se tendió junto a ti a orillas del Nilo.

Los caballos acuáticos que frecuentan los pantanos hicieron resonar sus trompetas cuando le vieron venir, todo perfumado de gálbano de Siria, todo impregnado de nardo y de tomillo. Él siguió la orilla del río, parecido a una vasta galera de velas de plata. Caminaba a largos pasos por las aguas armado de belleza y las aguas se abrían ante él. Caminaba a largos pasos por la arena del desierto. Llegó al valle en que tú estabas acostada. Esperó a la aurora y entonces tocó con su mano tus negros senos.

Tú besaste su boca con los labios de brasa. Hiciste tu presa del dios cornudo. Te mantenías en pie detrás de su trono y le llamabas por su nombre secreto. Murmurabas monstruosos oráculos en las conchas de tus oídos, y con sangre de cabras y de toros le enseñaste a hacer monstruosos milagros. Mientras fue Amnón tu compañero de lecho, vuestra cámara nupcial era el Nilo cubierto de vapores, y con tu sonrisa arcaica de sinuoso contorno mirabas crecer y disminuir su pasión.

Su frente relucía de óleos sirios, y sus miembros de mármol, extendidos, desplegados como una tienda al mediodía, hacían palidecer la luna y añadían un nuevo brillo al día. Su larga cabellera medía nueve codos de envergadura; tenía color de esa gema amarilla que los mercaderes del Kurdistán llevan cosida en la orla de sus mantos. Su faz era como el mosto que cubre una cuba de vino nuevo. Los mares no podrían añadir nada a la perfección del zafiro de sus ojos. Su cuello, fuerte y suave, era blanco como la leche. Su pelo, una fina trama de venas azules; y extrañas perlas, que parecían rocío congelado, estaban bordadas sobre la seda flotante...
Sobre su pedestal de nácar y de pórfido brillaba con demasiada intensidad para poder contemplársele, pues sobre su pecho de marfil centelleaba la maravillosa esmeralda del océano, esa misteriosa joya, de reflejos lunares, que algún buceador de los abismos de Cólchide encontró entre las olas cada vez más negras, y llevó a la maga de Colchis. Ante su carro dorado, corrían unos coribantos desnudos con guirnaldas de pámpano, y filas de altivos elefantes se arrodillaban para arrastrar su carro, y filas de nubios negros llevaban su litera, mientras él corría la gran avenida pavimentada de granito, entre los abanicos de movibles plumas de pavo real.
Los mercaderes que vienen de Sidón en sus navíos abigarrados le traían esteatita. La más inferior de las copas que tocaban sus labios estaba hecha de un crisólito. Los mercaderes le traían cajas de cedro llenas de ropajes suntuosos y atados con cuerdas. La cola de su vestido era llevada por señores de Memfis; reyes jóvenes sentíanse dichosos de su hospitalidad. Mil sacerdotes rapados se arrodillaban noche y día ante el altar de Amnón. Mil lámparas balanceaban su luz en la morada esculpida de Amnón; y ahora la serpiente impura y la víbora moteada, con sus crías, se arrastran de piedra en piedra, porque la morada está en ruinas y el gran monolito de mármol rosa se ladea. El asno salvaje o el chacal errabundo vienen a guarecerse en las puertas vacilantes. Sátiros feroces se llaman a través de los fustes estriados que yacen por el suelo, y en la cúspide del edificio está colgado el mono de rostro azul, de Horus, que chilla mientras la higuera resquebraja los pilares del peristilo.

El Dios yace aquí y allí en pedazos, profundamente escondido en la arena que el viento agita. He visto su testa granítica de gigante, convulsionada aún en su impotente desesperación; y muchas caravanas errantes de negros de aire imponente, con chales de seda, al atravesar el desierto, se detienen aterrados ante ese cuello demasiado ancho para poder abrazarle.
Y muchos beduinos barbudos abren sus albornoces de rayas amarillas para lanzar una larga mirada sobre los músculos titánicos de aquel que fue en otro tiempo su paladín...
Así es que ve a buscar los pedazos por la llanura y lávalos en el rocío de la noche y rehaz juntando piezas, una por una, a tu amante mutilado.
Ve a buscar allí donde yacen abandonados, y con esos trozos, con esos restos, reconstruye tu compañero despedazado y despierta locas pasiones en la piedra insensible. Hechiza su pesado oído con himnos sirios. Él amó tu cuerpo. ¡Oh, sé buena! Vierte nardo sobre su cabellera y enrolla suaves bandas de lino alrededor de sus miembros. Ata en torno de su cabeza el collar de monedas y devuelve a los pálidos labios su color, con frutos rojos. Teje púrpura para sus caderas enflaquecidas y púrpura también para sus riñones descarnados.

Marcha presurosa hacia Egipto. Nada temas. No ha habido más que un Dios que muriese, no ha habido más que un Dios que dejó a un soldado hundirle su lanza en el costado. Esos amantes tuyos no han muerto, y Anubis con la cara de perro, permanece en su puesto de honor, junto a la puerta de cien codos, con la mano llena de lirios de loto para tu cabeza, y, en lo alto de su trono de púrpura, el gigante Memnón dirige siempre sus ojos sin párpados al espacio vacío y, cada claridad amarillenta del alba, grita buscándote.

Y el Nilo con los restos de tu cuerpo, yace en su lecho de légamo, negro y, mientras tú no acudas, no desbordará sus aguas sobre el trigo que se agosta. Bien sé que tus amantes no han muerto. Se volverán a levantar. Oirán tu voz. Agitarán ruidosamente tus símbolos. Se regocijarán. Vendrán a besar tu boca. Por eso, apareja tus flotas, engancha caballos a tu carro de ébano, y ponte en marcha hacia el Nilo. O si te has cansado de divinidades fenecidas, sigue el rastro de algún león errante a través de la llanura cobriza, alcánzale, y cogiéndole por la melena invítale a servirte de amante. Tiéndete junto a sus costados sobre el césped, y clava tus dientes blancos en su pecho. Y cuando oigas el estertor de su agonía, azota tus largos flancos de bronce pulido y toma por compañero a un tigre, cuyos flancos color ámbar tienen mancaras negras, y monta su dorada grupa y franquea triunfalmente la puerta de Tebas, y revuélcate con él en amorosos juegos, y cuando se vuelva y gruña y enseñe los dientes, hiérele entonces mortalmente con tus garras jaspeadas o tritúrale, estrechándole contra tus senos de ágata.

¿A qué tardar? Vete de aquí, estoy cansado de tus gestos de languidez, cansado de tu mirada siempre fija, de tu soñolienta magnificencia. Tu aliento pesado y horrible hace vacilar la luz de la lámpara y sobre mi frente siento su humedad y los terribles rocíos de la noche y de la muerte. Tus ojos son como lunas fantásticas que tiemblan en un lago estancado. Tu lengua es como una serpiente escarlata que baila al son de unos aires fantásticos. Tu pulso late en melodías envenenadas y tu negra boca es como el agujero que dejan una antorcha o unas brasas sobre unos tapices sarracenos.

Vete. Las estrellas de tonalidades sulfúreas huyen veloces por la puerta del poniente. ¡Vete o quizá sea demasiado tarde para subir en sus silenciosos carros de plata! Ves: la aurora tiembla en torno de los grises campanarios que ostentan un dorado cuadrante; y la lluvia corre sobre cada vitral tallado como un diamante y sus lágrimas empatan el día ya descolorido. ¿Qué furia de cabellos de serpientes, recién salida del Infierno, ha podido huir con gestos de fealdad y de impudor, lejos de la reina, aletargada con adormideras, e introducirla en la celda de un estudiante?

¿Qué fantasma criminal tan desprovisto de canto como de voz, se ha deslizado a través de las cortinas de la noche, y viendo arder tan intensamente mi vela, ha llamado y te ha invitado a entrar? ¿No hay otros más malditos y de una lepra más blanca que la mía? ¿Se han secado quizá el Albana y el Farbar para que hayas venido hasta aquí a apagar tu sed?

¡Esfinge falaz! Esfinge falaz: cerca de los cañaverales de la Estigia, el viejo Carón, apoyado en su remo, espera mi óbolo. Parte tú antes y déjame ante mi crucifijo, desde donde el Pálido abrumado de dolor, pasea sobre el mundo su mirada desfallecida y llora por cada alma que muere: y llora en vano.

(La Esfinge – Oscar Wilde)

viernes, 8 de enero de 2016

Measure for Measure

 
 "Take, O, take those lips away,
That so sweetly were forsworn;
And those eyes, the break of day,
Lights that do mislead the morn:
But my kisses bring again, bring again;
Seals of love, but sealed in vain, sealed in vain
."


{Aleja, ¡oh!, aleja esos labios,
que tan dulcemente fueron perjuros,
y esos ojos, albas del día,
esplendores que engañan a la aurora:
pero devuélveme mis besos, devuélvemelos;
sellos de un amor, pero sellado en vano, sellado en vano.}

  (Medida por Medida - William Shakespeare)

domingo, 3 de enero de 2016

Retorno


"Presago il core della tua condanna, in questa tomba che per te s'apriva io penetrai furtiva, e qui, lontana da ogni umano sguardo, nelle tue braccia desiai morire...!" 

{Mi corazón previó tu condena, y penetré a hurtadillas en esta tumba que se abría para ti, y aquí, lejos de cualquier mirada humana... ¡deseé morir en tus brazos...!.}
 (Aida - Verdi)

¿Es posible que pudiera presentirse realmente su condena... su caída?. ¿Escuchar casi el horrísono lamento de una criatura arrojada a los Abismos...?.

Este blog no obedece más que a un único propósito: elucidar semejante cuestión insoluble, imposible, a que dedicaré toda mi vida.

sábado, 25 de mayo de 2013

The Firebird



Los rusos lo llaman Zhar-Ptitsa. El pájaro de fuego.
Sus plumas, como de pavo real, desprenden ígneo fulgor, rojo y dorado. Su incandescencia sola basta para inundar de luz una habitación oscura como si un sol de mediodía estuviera atrapado en ella.
Según los cuentos, solo un zarevich valiente y noble será capaz de encontrar al Zhar-Ptitsa y llevarlo con él, o simplemente conseguir una de sus invaluables plumas.
Pero el mismo zarevich jamás podría acometer semejante empresa sin la ayuda del Lobo Gris. Montado sobre su lomo, a través de los bosques como una centella, encontrarán la manera de resolver la demanda. Pero sólo en su unión estará la victoria.



viernes, 26 de abril de 2013

Walpurgis Night






30 de Abril


La noche de Walpurgis está consagrada al tenebroso mundo de las brujas que salen de los infiernos, en compañía de Satán, para entregarse a una loca zarabanda durante endiablados aquelarres.

(ÉDOUARD BRASEY)





***

La Noche de Walpurgis

(Las montañas de Harz, en el oscuridad, 
una  fiesta de los demonios y las brujas. 
Fuegos fatuos.)

CORO DE FUEGOS FATUOS:

¡Entre las nieblas, 
entre las cañas, 
entre las piedras 
y sobre las aguas, 
de sitio en sitio, 
traspasando la noche, 
se enciende y pasa 
un fuego brillante! 
¡Alerta! ¡Alerta! 
¡De lejos, de cerca, 
en la hierba verde, 
bajo los cipreses, 
llamas que se mueven, 
rayos helados, 
son las almas 
de los difuntos!

(Fausto y Mefistófeles aparecen 
sobre la montaña.)

FAUSTO:
¡Deténte!

MEFISTÓFELES:
¿No me has prometido 
acompañarme en silencio?

FAUSTO:
¿Dónde estamos?

MEFISTÓFELES:
¡En mi imperio! 
¡Aquí, doctor, mi poder es absoluto! 
Ésta es la noche de Walpurgis.

CORO:
Ésta es la noche de Walpurgis.
¡Hu, hu, hu, hu, hu, hu!

FAUSTO:
¡Se me hiela la sangre!

(Intenta huir.)

MEFISTÓFELES:
(Le retiene)
¡Observa! ¡Con sólo una señal mía,
todo cambia y se aclara!

(A una orden de Mefistófeles, se abren 
las montañas y aparece un palacio 
de oro, en medio del cual se ve una mesa con
grandes manjares y rodeada de las reinas y 
de las damas de la antigüedad.)

Hasta las primeras luces de la aurora, 
a resguardo de miradas profanas, 
te ofrezco un sitio en el festín 
de las reinas y las cortesanas.

CORO:
¡Que se llenen las copas
en honor de los antiguos dioses!
¡Que resuenen los cánticos 
de nuestros alegres acordes!

MEFISTÓFELES:
Bellísimas reinas
de la antigüedad:
Cleopatra la de los dulces ojos,
Lais la de la encantadora frente,
dejadnos, dejadnos por unos instantes 
ocupar un puesto en vuestro banquete.

(a Fausto)

¡Vamos! ¡Vamos! ¡Para curar la fiebre
de tu corazón herido,
toma esta copa y que tus labios
consigan olvidar en ella el pasado!

CORO:
¡Que se llenen las copas!,
en honor de los antiguos dioses!
¡Que resuenen los cánticos 
de nuestros alegres acordes!

FAUSTO:
¡Remordimientos vanos! ¡loca alegría!
¡Es momento de que mi corazón olvide!
Dadme y bebamos, bebamos hasta el fin
Dadme y bebamos, bebamos hasta el fin


MEFISTÓFELES:
¡Medianoche! ¡Medianoche!
La mesa está dispuesta, ¡vivid!
¡Bailad! ¡Cantad!
¡sed los primeros, bebed!

LAS CORTESANAS:
¡Medianoche! ¡Medianoche!
La mesa está dispuesta, ¡vivamos!
¡Bailemos! ¡Cantemos!
¡seamos los primeros, bebamos!

MEFISTÓFELES:
En el festín de la vida
el placer está invitado,
el placer que los cielos
niegan a los hombres
para dárselo a los Dioses.
Penetrad con vuestras llamas
nuestros sentidos y nuestras almas,
¡licores embriagadores
que os reís del amor
y turbáis los corazones!

MEFISTÓFELES Y CORTESANAS:
¡Medianoche! ¡Medianoche!
La mesa está dispuesta, ¡vivamos!
¡Bailemos! ¡Cantemos!
¡seamos los primeros, bebamos!

MEFISTÓFELES:
Lejos de nosotros las caricias
de estas castas ternuras
que ahuyenta un beso
temeroso como un pájaro
que busca donde posarse.
En estas locas orgías
sobre estos manteles rojos
el brocken borracho perdido
quiere el amor sin languideces
y desdeña los remordimientos

MEFISTÓFELES Y CORTESANAS:
¡Medianoche! ¡Medianoche!
La mesa está dispuesta, ¡vivamos!
¡Bailemos! ¡Cantemos!
¡seamos los primeros, bebamos!

MEFISTÓFELES:
¡Que tu embriaguez, oh voluptuosidad, 
ahogue los remordimientos en su corazón!

(Fausto ve aparecer una visión de Margarita)

¿Qué te pasa?

FAUSTO:
¿No la ves
allí, delante de nosotros, muda y pálida?
¡Qué extraño adorno 
alrededor de este hermoso cuello!

MEFISTÓFELES:
¡Visión!

FAUSTO:
¡Una cinta roja que esconde!

MEFISTÓFELES:
¡Magia!

FAUSTO:
¡Una cinta roja, 
estrecha como el filo de un hacha!

MEFISTÓFELES:
(Para sí)
¡Sortilegio!

(La visión desaparece.)

FAUSTO:
¡Margarita! 
¡Siento cómo se erizan mis cabellos! 
¡Quiero verla! ¡Ven, es mi voluntad!

LAS BRUJAS:
¡Un, dos y tres,
contemos hasta trece!
Los pordioseros son reyes,
¡aticemos las ascuas!.
Que el fuego
rojo o azul
caliente el caldero,
el veneno
es un vino
¡que gusta a la bruja!.
¡Un, dos y tres,
contemos hasta trece!
Los pordioseros son reyes,
¡aticemos las ascuas!
Uno... dos... tres... cuatro...
Cinco... seis... siete... ocho...
Nueve... diez... once... doce... ¡trece!

(Espada en mano, Fausto le arrastra 
consigo, abriéndose camino entre los 
monstruos infernales.)

("Fausto", ópera de Charles Gounod. Fragmento del Acto V)







Esta es la escena completa que Gounod concibió para el Sabbath de brujas del 30 de Abril mostrado en “Fausto”. 
Según las leyendas, el monte más alto de la montaña del Harz (Alemania), llamado Brocken, era el punto de encuentro de brujas y demonios más famoso de toda Europa.

Los asistentes al turbulento aquelarre llegaban, en su mayoría, montados sobre animales o diablos voladores, o cabalgando escobas, ramas caídas y demás utensilios (la cantidad de formas diversas de iniciar un vuelo de fantasía, y el poder para realizarlas, no era un problema en absoluto), embadurnados del ungüento mágico tradicional, que también aplicaban a sus propios cuerpos.
Dicho ungüento, tan tristemente célebre, se obtenía de una mezcla de plantas venenosas: cicuta, belladonna, acónito y beleño. Todo ello aderezado con algunos ingredientes más de dudosa... más bien, sanguinaria, procedencia.
Con sólo untar esta receta, ya se obtenía el secreto que desafiaba la ley natural, que confería la capacidad de volar cómo vuela la lechuza, el murciélago, el cuervo. No obstante, algo podía anular fatalmente el efecto: el tañido de las campanas de la Iglesia poseía el poder de hacer caer al instante a los brujos y brujas, que encontraban así una muerte segura.

En el escenario de semejante noche de mal agüero, lúgubre, aberrante, suntuosa... Fausto y Mefistófeles participan de la fiesta. Guiados por un ignis fatuus (también llamado: “Will-o'-the-Wisp”), ascienden al Brocken en el que late el mismo corazón del Abismo.
Allí, alternativamente se muestran prodigios (de las tinieblas) y espantos atroces, que fascinan a Fausto. Y suya es la suerte de contar con la protección y la guía de Mefistófeles.
Según la obra original de Goethe, así transcurrió la noche de Walpurgis:


*{*{*{*

FAUSTO:
¡Qué rápido vuela la novia del viento por el aire!. ¡Qué fuertes golpes me da en la nuca!.

MEFISTÓFELES:

Agárrate a las viejas grietas de las rocas o te arrojará en esta garganta, que será tu tumba. La niebla hace densa la noche. ¡Oye cómo se estremece el bosque! Los búhos huyen espantados. Oye cómo se astillan las columnas del eterno palacio de verdor, cómo las ramas gimen y se rompen, cómo los troncos retumban, poderosos, y las raíces crujen y bostezan. En impresionante y confusa caída, los árboles ceden agolpándose unos contra otros, y apenas permiten que se filtre el viento, que silba y aúlla al pasar por los atestados barrancos. ¿No oyes voces en las alturas, que suenan aquí lejos y allá cerca? Sí, a lo largo de todo el monte, truena iracundo un ensalmo.


*{*{*{*

En la noche atestada, incluso el aparentemente inofensivo rumor de una conversación intrascendente entre los invitados al Sabbath puede llegar a resultar una pesadilla en si misma, porque se han dado cita los protagonistas y personajes más atroces que pudiera soñar el imaginario popular. Fausto atiende... a esas frases discordantes, retorcidas, que casi parecían fruto de un furioso y sórdido delirio.




*{*{*{*

UNA VOZ:
 ¿Por dónde habéis venido?.

OTRA VOZ:
Por el Ilsen. Allí vi al búho en su nido. ¡Qué mirada tenía!.

UNA VOZ:
¡Vete al infierno! ¿Por qué vas cabalgando tan de prisa?.

OTRA VOZ:
Aquella me dio un arañazo. Mira las heridas.

BRUJAS (A coro):
El camino es ancho y largo. ¿Por qué esa prisa sin sentido? ¡Que la horquilla pinche!, ¡que la escoba desgarre!. ¡Que el niño se ahogue!; ¡que el útero reviente!.

BRUJOS (En semicoro):
Vamos lentos como caracoles. Las mujeres van todas delante, pues en el camino a la mansión del Mal, las mujeres nos llevan miles de pasos de ventaja.

(…)

AMBOS COROS:
Calla el viento, la estrella huye, la nebulosa luna se oculta. El coro mágico despide miles de pavesas.

VOZ (Desde abajo):
¡Alto!, ¡alto!.

VOZ (Desde arriba):
¿Quién llama desde la hendidura de las rocas?.

VOZ (Desde abajo):
¡Llevadme con vosotros!. Hace trescientos años que subo y nunca puedo alcanzar la cima. Con lo feliz que estaría con mis semejantes...
  
*{*{*{*


Moraleja: esa es la clase de compañía que puedes esperar en un Sabbath...


 
 

MEFISTÓFELES: 
 
¡Qué choques!, ¡qué empujones, qué sonsonete! ¡Qué chispas, qué hedor, qué brillo, qué ardor! Esta es la auténtica brujería. Pero agárrate a mí, que no nos separen. ¿Dónde estás?.
 

FAUSTO (Lejos):
¡Aquí!.
MEFISTÓFELES:
¿Qué? ¿Ya te han arrastrado hasta allí? Haré uso de mis derechos de dueño. ¡Abrid paso!, que va el Hacendado Voland, ¡paso!, ¡dulce plebe!, ¡paso!. Venga, Doctor, y en un momento nos escaparemos de este tumulto, es demasiado loco incluso para uno de mi género. Allí brilla algo con extraño fulgor que me atrae hacia aquellos matorrales. ¡Ven!, ¡ven! Entraremos con disimulo.
FAUSTO:
¡Oh, espíritu de la contradicción! De acuerdo, puedes guiarme; pero no me parece bien haber hecho la peregrinación al Brocken en la noche de Walpurgis para aislarnos ahora por nuestra cuenta.
MEFISTÓFELES:
Pues ¡mira qué colorido de llamas! Se ha reunido un animado club. En la intimidad nunca se está solo.
FAUSTO:
Pero preferiría estar ahí arriba. Allí veo alzarse el fulgor y el humo, allí la multitud se agolpa yendo hacia el Maligno y se deben resolver muchos enigmas.
MEFISTÓFELES:
Pero también se formarán otros nuevos. Deja que el mundo se desquicie y agite; nos quedaremos aquí en sosiego. Está establecido ya hace mucho que pequeños mundos se creen en el grande. Allí veo jóvenes brujitas desnudas y otras viejas que se cubren con astucia. Al menos por mí, sed simpáticas; a poco que os esforcéis será grande el placer. Pero escucho el tañer de instrumentos. ¡Maldito ruido! Habrá que acostumbrarse. ¡Ven conmigo!, ¡ven! No hay más remedio. Te llevaré conmigo, te presentaré y harás nuevos lazos. ¿Qué te parece, amigo? Esta explanada no es pequeña. Mira, apenas se ve el fin. Hay cien hogueras ardiendo en fila; se baila, se hacen chanzas, se cocina, se bebe, se ama... Dinos si puede haber algo mejor.
FAUSTO:

Y para introducirme, ¿te presentarás como demonio o como mago?.

MEFISTÓFELES:

Estoy acostumbrado a ir de incógnito. Mas el día de gala hay que poner las condecoraciones. No me adorna la Jarretera, pero el pie de caballo encuentra aquí todos los honores. ¿Ves ese caracol?. Viene despacio, mas con sus cuernos ha visto y olido algo especial en mí. Aunque quisiera, no puedo negarme aquí. Ven, vamos del fuego hacia el fuego. Tú serás el galán y yo tu valedor. (...)



 



Y, así, la noche avanza.
¿Y qué mejor melodía para recrear el funesto baile de multitudes?. ¿Qué mejor melodía que muestre el corazón de
la atmósfera de tinieblas reinante?.
Ninguna en el mundo podría suplir a: "Una noche en el Monte Pelado", de Modest Músorgski.
Basada en un cuento de Nikolái Gogol, en que un joven campesino se ve obligado a pasar la noche en el Monte Pelado,  y allí presencia sin ser descubierto el endemoniado Sabbath.
Según el programa de Músorgski, la pieza acomete estas escenas:
 
  1.  Rumores subterráneos de voces sobrenaturales.
  2. Aparición de los espíritus de las tinieblas y de Satanás.
  3. Glorificación de Satanás y misa negra.
  4. Sabbath de brujas.
  5.  A lo lejos suena la campana de una iglesia del pueblo, dispersando a los espíritus de las tinieblas.
  6. Amanecer.
 
 

Si a las citas conmemorativas y a la buena música le añadimos las extraordinarias ilustraciones de Harry Clarke y Franz Simm, y algunos de los célebres Caprichos de Goya... Bueno, tenemos una buena celebración de la noche de Walpurgis.
Quizá no podamos reunirnos en lo alto del Brocken... llegar allí en alas del viento bajo la luz de la luna (o la ausencia de ella, velada por las nubes. Quién sabe qué será lo mejor...). Quizá no bailemos en esos umbríos bosques, al borde del precipicio...
Pero en esta noche de Walpurgis a todos nos parecerá que hay algo de magia corriendo a través de la noche. Ya sea en la ciudad silenciosa, en los tejados (secretamente populosos...). Ya sea en los campos, cayendo en los círculos de hierba fortuitos.
En cualquier lugar hay algo vivo. Cómo si Mefistófeles se ocultara entre las sombras, huidizo; como si pudieran escucharse sus carcajadas infernales procedentes de algún lugar extrañamente cercano pero inalcanzable; cómo si uno percibiera y persiguiera cada movimiento fugaz a la espalda, sabiendo que ahí estará él.
Cómo si en cada reflejo pudieran aparecer los ojos de Fausto...
Quizá todo esto no sean cuentos o leyendas tranquilizadores. Quizá no sean las historias más luminosas o las más amables. Pero hay algo en cada persona... algo que quiere creer en la magia, y la noche de Walpurgis no es mas que un recordatorio de que en otros tiempos se aceptaba de todo corazón que los monstruos existían (y esa era una idea más tranquilizadora de lo que pueda suponerse ahora), que había vuelos de fantasía, que se conjuraban tormentas lanzando simplemente un gallo y una serpiente a un caldero...
¿Y no es eso más emocionante... menos vacío y solitario que la frialdad aséptica actual...?
Feliz noche de Walpurgis. Estéis donde estéis.

lunes, 11 de marzo de 2013

I ♥ Cats



Esta es la cosa más bonita del mundo.  Del mundo entero. No hay nada tan dulce, achuchable, gracioso y desvergonzado cómo este gato. ES Doraemon, y sabe hasta tocar la canción de la serie...

martes, 1 de enero de 2013

Erlkönig ‒ Schubert

Der Erlkönig (El Rey de los Elfos) ‒ Goethe


 ¿Quién cabalga tan tarde a través del viento y la noche?.
Es un padre con su hijo.
Tiene al pequeño en su brazo,
Lo lleva seguro en su tibio regazo.

 

"‒Hijo mío, ¿por qué escondes tu rostro asustado?."
"‒¿No ves, padre, al Rey de los Elfos?

¿El Rey de los Elfos con corona y manto?."
"‒Hijo mío, es el rastro de la neblina."




"‒¡Dulce niño, ven, ven conmigo!
. 
Más de un hermoso juego jugaré contigo;
Muchas encantadoras flores están en la orilla,
Mi madre tiene muchas prendas doradas."

 
"‒Padre mío, padre mío... ¿no oyes
lo que el Rey de los Elfos me promete?."
"
‒Calma, mantén la calma hijo mío;
el viento mueve las hojas secas. "





 "‒¿No vienes conmigo, buen niño?.
Mis hijas te atenderán bien;
Mis hijas hacen su danza nocturna,
Y ellas te arrullarán y bailarán para que duermas."

 

"‒Padre mío, padre mío, ¿no ves acaso ahí,
 a las hijas del Rey de los Elfos en ese lugar oscuro?."
"
‒Hijo mío, hijo mío, claro que lo veo:
son los árboles de sauce grises."


 

 


"‒Te quiero; estoy encantado por tu belleza. 
Y, si no estás dispuesto, voy a utilizar la fuerza."

"
‒¡Padre mío, padre mío, él se ha apoderado de mí!.
¡El Rey de los Elfos me ha herido!."

 




El padre tiembla y cabalga mas aprisa,
Lleva al niño que gime en sus brazos,
Llega a la alquería con dificultad y urgencia;
En sus brazos el niño estaba muerto.


 (Der Erlkönig ‒ Goethe)


Goethe se basó en un hecho real, que espoleó su imaginación, y dio lugar a esta leyenda oscura sobre una criatura oscura, en una noche oscura...
Una criatura que, susurrante al oído de su víctima (y solo su víctima puede escuchar la ominosa voz), trata de subyugarla y llevarla consigo a la perdición.
Pero el niño inocente sabe quién (o más bien "qué", que cosa abominable) le acecha en la oscuridad. El Rey de los Elfos. Con corona y manto.
Y sus hijas, más espectros hambrientos en la noche.
Así es que por mucho que el niño pida ayuda, por muy veloz que sea el caballo que pretende llevarle lejos del peligro, y por protectores que sean los brazos cálidos de su padre...
El Rey de los Elfos, fallada su primera seducción, se muestra tal y cómo es en realidad: un monstruo, un demonio. Se apodera fácilmente del chiquillo, que muere en los brazos de su desconsolado padre.

Franz Schubert compuso una bella pieza sobre la obra, fascinado por ella. 
¿No es hermosa?. No podía faltar en esta entrada...
Pero Schubert no fue el único músico que se inspiró con este tenebroso cuento de hadas.  
Robert Schumann, Johann Friedrich Reichardt, Carl Friedrich Zelter, Ludwig Spohr, Johann Carl Gottfried Löwe... también adaptaron la obra. Beethoven deseó, a su vez, musicalizar el poema, pero desistió.

sábado, 27 de octubre de 2012

"Becket, Ou l'honneur de Dieu"

  
HENRY: You look older, Thomas.
THOMAS: So do you, my prince. You cold?
HENRY: I'm frozen stiff. Chill blades are killing me. You love it, of course. You're in your element aren't you?. Just that monks' habit.
THOMAS: I always told you, my prince, that one must fight the cold with the cold's own weapons. Strip yourself naked every morning and...
HENRY and THOMAS (Together): splash yourself with cold water.
HENRY: I used to, when you were there to force me into it. I never wash now. I stink. I grew a beard at one time. Did you know?.

sábado, 29 de septiembre de 2012

San Miguel Arcángel



"San Miguel Arcángel, 
defiéndenos en la batalla. 
Sé nuestro amparo 
contra la perversidad y las acechanzas 
del demonio. 
Que Dios le reprima, es nuestra humilde súplica; 
y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, 
con la fuerza que Dios te ha dado, arroja al infierno 
a Satanás y a los demás espíritus malignos
que vagan por el mundo 
para la perdición de las almas. Amén."

(Oración del Papa León XIII a San Miguel Arcángel)


Es cómo si fuera a alzar el vuelo, triunfante.
Armadura y escudo... Empuñando la Cruz, seguro, invencible en la fe (“¿Quién cómo Dios?”). El demonio encadenado, humillado cual ruina a los pies del Arcángel, ha perdido todo poder y capacidad de hacer daño.
El semblante de Miguel es noble y bello, a pesar de que su gesto guerrero (en el que el orgullo es el reflejo de su ardiente amor a Dios, y la ferocidad mezclada con serenidad beatífica es la Virtud que lucha contra el Maligno) hace estremecer a toda legión infernal.
Estoy segura de que la luz y las sombras, cómo espejismos, pueden sorprender y confundir a uno cuando mira esta estatua. Porque, probablemente, el pétreo Miguel parecería cobrar vida y poder volar, airoso y exultante al borde mismo de la nada.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Magnificat


"Glorifica mi alma al Señor,
y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador,
porque ha mirado la pequeñez de su esclava.
Y he aquí que desde ahora me felicitarán todas las generaciones;
porque en mí obró grandezas el Poderoso.
Santo es su nombre, y su misericordia para con los que le temen
va de generación en generación.
Desplegó el poder de su brazo; dispersó a los qu se engrieron en los
pensamientos de su corazón.
Bajó del trono a los poderosos, y levantó a los pequeños;
llenó de bienes a los hambrientos, y a los ricos despidió vacíos.
Acogió a Israel su siervo, recordando la misericordia,
conforme lo dijera a nuestros padres en favor
de Abrahán y su posteridad para siempre."

(Magnificat de María)

lunes, 20 de agosto de 2012

The Were-Wolf by Clemence Housman

En tierras nevadas, nórdicas... de hielo y ventisca...

Los monstruos caminan entre los hombres, ocultos “bajo una belleza de flores”.

En mitad de la infinita blancura (que se extiende hasta más allá de dónde alcanza la vista), y bajo un cielo cuajado de heladas estrellas, pueden sucederse carreras vertiginosas hasta la medianoche. Carreras que, burlándose a carcajadas del frío doloroso que ya de por sí quema, encienden los pulmones cómo si éstos estuvieran en llamas, fuego líquido e insoportable extendiéndose por el pecho.

Y, entonces, sangre escarlata y aún humeante empapa la nieve inmaculada.

Rojo sobre blanco.

Bestias con pieles níveas... también níveas, cómo todo paisaje y escena allí... Pieles suaves, delicadas, pertenecientes a seres que no tienen alma, y cuyo instinto sediento de rojo sobre el blanco aplasta, agarra, pierde, devora, consume... Pieles que son cómo el invierno nórdico imperante, crudo e inmisericorde, y, a la vez, poseedor de una belleza inmutable y serena a su cruel manera.

Ojos llenos de las estrellas del cielo. Que seducen y te llevan consigo... te llevan consigo...

Y al amanecer has cerrado tú tus ojos, y estás muerto. Y tu piel es toda blancura... sobre blanco. Blanco, y el rojo corriendo por todas partes. Hasta que la bestia hace desaparecer también tu piel, cómo ha hecho desaparecer ya tu dulce vida en mitad de un beso dulce...

Se lleva todo lo que había en ti... y ya no quedan siquiera huesos blancos sobre el blanco.

Ha devorado tus entrañas.

Y luego se pierde en la nieve.

Una belleza cruel. Que se marcha sin decir adiós.

Así es el invierno.

No obstante... aún es poco para la Belleza que mata el rubí rojo que es la joya que ha obtenido.

¿Quizás desearía también la paz...? Eso le gusta decir.

¡Qué poética es la muerte!. La bestia no está en paz. Es el cuerpo blanco que ya no existe y que está en el interior del monstruo el que ha logrado envolverse en La Paz. Y no la bestia.

Pobre bestia...

Eso le gusta decir.

Y esas sombras que hacen llorar a los niños entran en las casas cálidas, cálidas a resguardo del horror de la vida y del frío, y se agazapan lejos de la luz del fuego liberador, que ahuyenta a los espíritus.

Una gran Valentía puede caer en la espiral de la bestia, si se aleja demasiado del círculo protector de la hoguera en la chimenea (que ahuyenta a los espíritus). Porque a menudo esa valentía y la ferocidad guerrera que la compaña y el alma victoriosa y feroz pueden admirar, sentirse afines, e incluso llegar a aprobar esas naturalezas bestiales que encarnan cualidades semejantes... junto con la inseparable perversidad sin remordimiento que es el alma del cazador.

Porque a despecho de toda resistencia maravillosa, elasticidad impresionante de movimientos y músculos, coraje y poderío, un cazador es un cazador.

Y la muerte es parte de él.

La Muerte es él.

Si la Conciencia no puede disuadir a la Valentía imprudente, irresponsable... intolerable, entonces esa conciencia debe correr en la noche para saltar sobre el cazador antes de que la cacería comience.

Uno solo en todo ese mundo nevado podía igualar a la Bestia en resistencia y velocidad de leyenda. Y se trata de esa Conciencia del desespero, ese que encarna el ardiente sentimiento que eclipsa cualquier otra cosa... porque es la fuerza que ama.

Un amor que no es egoísta. Que no puede quedar jamás, jamás subyugado por lo que admirable, fascinador parece a simple vista, y fantástico, y que en verdad sólo es seducción del mal... y belleza cruel.

Pero el amor a menudo es entregado a las fauces de la muerte por redimir, en esta ocasión la atracción salvaje que puede ejercer una bestia sobre un Valor equivocado.

Y el blanco vuelve a llenarse de rojo. Pero esta sangre no sólo es roja, sino que está impregnada de algo especial... Verdadero sacrificio. Amor, sólo amor.

Amor que impulsa un alma hacia las estrellas. Para que todo vuelva a empezar.

La próxima vez todo será distinto... pero lo que no cambiará, hasta que las mismas estrellas caigan y se desvanezcan para siempre, es ese inmutable amor.

No sólo el invierno cruel es inmutable. El amor es más firme que la crueldad. El amor no muda nunca, pero la crueldad sí se acobarda y mengua, se empequeñece, se esconde cómo las sombras a plena luz del mediodía.

La piel blanca, la bestia, yace sobre la nieve.

Es ella ahora la que es blanca y roja, sobre blanco manchado de rojo. Y a su lado, uno que es sacrificio de amor muestra más de lo mismo.

Qué curioso que en la muerte quedaran unidos... El Amor y la Bestia. Sus cuerpos yacieron uno junto a otro, cómo niños que duermen tras haber jugado hasta la extenuación.

Al final, el Valor puede odiar... porque ciega fiereza se entremezcla en él. Cómo la bestia y el invierno habían sido bravos y crueles.

Pero a pesar de ese odio, ya no hay más opciones: ha acabado el cuento, y al Valor sólo le resta asumir una deuda de amor tan grande.. que amenaza con devorarle entero, hasta que ya no quede nada de él cómo si la bestia continuara viva... Pero es algo bueno, sagrado y demasiado grande para expresarlo lo que le devora esta vez. Y el Valor volverá así a casa, lleno de la sangre roja de la Conciencia, cómo un insólito amuleto (ungüento protector) que ha quebrado un hechizo maligno.

martes, 7 de agosto de 2012

Pooh


“‒Y, Pooh, ¿prometes que no me vas a olvidar?.”

No. Pooh no olvidaría nunca a Christopher Robin.

miércoles, 20 de junio de 2012

Los Aristogatos


Frase de la gatita Marie de la película Disney: "Los Aristogatos".
"Las damas jamás empiezan los pleitos... ¡pero sí los saben terminar!."

martes, 19 de junio de 2012

Fausto y Mefistófeles


“MEFISTÓFELES:
(Apareciendo de repente)
¡Aquí estoy!
¿De qué te extrañas?

¿No me encuentras a tu gusto?

La espada al costado, la pluma en el sombrero,
la escarcela llena,
una suntuosa capa sobre los hombros;
en suma, ¡un auténtico gentilhombre!

¡Y bien! Doctor, ¿qué quieres de mí?
¡Habla, vamos!...
¿Te doy miedo?.”

(“Fausto”, ópera de Charles Gounod. Fragmento del Acto I)


¿Quién ha podido reflejar tan maravillosamente cómo Harry Clarke el ambiente opresivo, retorcido y demoníaco que se respira en la historia de “Fausto”? (en este caso, la versión de Goethe).

Para mí, ningún otro ha podido igualar las escenas tan atrozmente vividas, llenas de engendros, sombras o figuras que aparecen y desaparecen conforme uno cree que están o que no existen, respectivamente. Que parecen ser fruto de la imaginación, espejismos... allá dónde sólo hay color y una vaga protuberancia más oscura que semeja ser un ojo vigilante... que nunca puede identificarse como tal por completo.

Clarke obliga a nuestra percepción, con ingenio macabro, a sumergirse en un mundo onírico y salvaje, cruento. Nos hace participar activamente en él, cómo si fuéramos otro Fausto o Margarita boquiabierto, buscando desesperadamente aferrarse a algo de cordura en la pura abyección y el delirio de esos trazos... que no son trazos, sino más bien las trazas de un completo mundo infernal. Mundo en el que, cómo expresaría Poe, “abunda lo hermoso, lo extraño, lo lujurioso, mucho de lo terrible y no poco de lo que podría considerarse repugnante”.

Y, ¿sabéis?; el color no ayuda en el universo de Clarke. No suaviza ni esconde el horror y la perversidad. No dulcifica las líneas que forman la pesadilla y el asco.

El color, aplicado por los caprichos de esa tormentosa mente, lo único que logra es realzar lo sombrío (aunque esto parezca un sinsentido).... Cómo la llama del Tártaro que “no luz sino visible oscuridad ofrece” de “Paraíso Perdido”.

Sí, esos intensos pigmentos, las gamas elegantes y magistralmente entremezcladas (entrelazadas) sólo confieren a la ilustración un tono aún más espantoso de realidad y vida palpitante; cómo la sangre roja inundando las venas.

Por ello, y aun cuando todas y cada una de las ilustraciones que forman el “Fausto” de Goethe por Harry Clarke estremecen y fascinan (repelen; causan nausea; a veces risa; admiración... y aun turbación), la más emblemática de todas ellas sin duda... la más famosa, la que todo el mundo relaciona (cómo magistral) con este consumado autor de piezas de pesadilla... Y la que muestra tan soberbiamente el corazón y las entrañas mismas de esta leyenda oscura y caótica sobre un hechicero que vende su alma al Diablo...

...Es la que corona esta pequeña crítica, y que titulan: “Is there anything in my poor power to serve you?”.

La imagen muestra a un anciano Fausto vestido enteramente de verde esmeralda frente a un libro de hechizos, inevitablemente impresionado (y quizás también horrorizado) al ver a Mefistófeles, acabado de convocar, junto a él. Mefisto viste unos ropajes que son rojizos, anaranjados y amarillos, extraños y oníricos cómo su propia persona. Alta, elegante y majestuosa, con unos ojos rasgados parecidos a los de un gato, llenos de una malicia sardónica temible, y un rostro fino y delicado irónicamente bello y agradable. Pero no desprovisto de un aura encantada, sobrenatural.

Sus manos de dedos muy largos y delgados, espectrales... Sus pequeños pies del tamaño de los de un niño, cómo era hermoso según el canon de la época, enfundados en un calzado que parece más bien llamas lamiendo...

Así, desde la enigmática cabeza cubierta por un distinguido sombrero adornado con una pluma rojísima, a la usanza de la moda de un caballero, hasta esa especie de botas crepitantes... Todo en Mefistófeles parece despedir un halo seductor y a la vez atroz.

Una ilustración contradictoria, ¿verdad?. Frente a la cual nadie sabe precisar (ni puede decidirse) si causa lógica inquietud, ante la visión de un poder infernal invocado y aparecido, con su expresión de atenta cortesía ocultando las intenciones demoníacas y la perdición de su ser; o si, a pesar de todo, no causa más bien una especie de morbosa fascinación contemplar cómo el Mal es capaz de revestirse de un aspecto tan atractivo y gentil.

Porque Mefistófeles, lógicamente y cómo no puede ser de otra manera, es un demonio (según la leyenda, para más señas, de altísima jerarquía). Y Clarke no disimula o maquilla esto en absoluto. Dota a su Mefisto de un aura inequívoca (aunque más bien la historia gira entorno a lo equívoca que es, lo engañosamente perversa) que evoca a este otro fragmento de “Paraíso Perdido”:'El Infierno dentro de él, pues el Infierno dentro trae, y alrededor de sí, y del Infierno cual de sí volar no puede un paso aunque cambie de lugar'.

Así, simplemente, lo que muestra “Fausto” respecto a Mefistófeles es que un demonio puede alejarse de la figura bestial, híbrida entre rasgos humanos y animales, de la que obras cómo el “Diccionario Infernal” de Collin de Plancy hacen un total, primario y estúpido uso y abuso, y mostrar la guisa y maneras de un caballero... para su propia conveniencia. Para seducir, subyugar, impresionar. Fascinar.

Así pues, el fragmento citado de la ópera de Gounod lo dice todo por sí mismo:



“
MEFISTÓFELES:

(
Apareciendo de repente)
¡Aquí estoy!
¿De qué te extrañas?
¿No me encuentras a tu gusto?

La espada al costado, la pluma en el sombrero,
la escarcela llena,
una suntuosa capa sobre los hombros;

en suma, ¡un auténtico gentilhombre!
¡Y bien! Doctor, ¿qué quieres de mí?

¡Habla, vamos!... ¿Te doy miedo?.”


Un demonio, en esencia, no es más que un ángel. ¿Y que ángel no es hermoso?. Aún caído.

Eso es lo que es Mefistófeles, un ángel caído.

Y Harry Clarke es un maestro, que da con el tono más adecuado, con la expresión más perfecta de esta dualidad entre apariencia y depravación. Pone rostro a Mefistófeles de una forma única y abrumadora, cómo ningún otro artista ha podido igualar jamás. Pues ya no se trata siquiera de “mero” arte, de una simple disposición de líneas regidas por cánones conceptuales, sino de pura imaginación e inspiración, pura concepción de escenas que insólitamente saben seccionar un fragmento del mismo Infierno para depositarlo, inofensivo pero vivo, en nuestras manos.

¿Y Fausto?. Ese Fausto que busca lo oculto, aunque su sed de conocimientos le lleve a la condenación eterna... Ese Fausto vestido de esmeralda, de mirada desorbitada, que desea firmar un pacto con el Diablo, y a la vez ésta idea le repele porque es humano y teme...

Y, sin embargo, su humana debilidad hacia lo desconocido queda expulsada, él la vence. Se obliga a vencerla.

A la par que desecha toda la mundana felicidad que aún le pueda quedar a un anciano cómo él sobre la tierra, y la promesa del Cielo en la otra vida... Él busca un imposible, ¿por qué no?, un ideal. El poder sin cortapisas, la juventud ardiente y el amor nunca antes experimentado...

Fausto prefiere el mundo secreto (vedado al ojo mortal), esas formas que ahora puede percibir por primera vez... que transforman los colores, vuelven del revés toda ley natural... Prefiere todo esto antes que volver a una realidad en la que, bajo su punto de vista, únicamente le resta morir y olvidar los sueños insatisfechos de una vida insatisfecha.

Así, la elección de Fausto recuerda a esta “Rima XI” de Gustavo Adolfo Bécquer:


“—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.


—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin,
yo de ternuras guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No, no es a ti.


—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
—¡Oh ven, ven tú!.”


Así es cómo Fausto parecía llamar a Mefistófeles, incesantemente: “—¡Oh ven, ven tú!”.
Y por eso quizás se le apareció el singular demonio, y no debido a una triste invocación impresa en un vetusto libro de hechizos. Pues todas las potencias de la mente y el alma puestas en un mismo (y obsesivo) propósito son más eficaces que cualquier ensalmo “mágico”.
Fausto negó a la Vida... pero el Infierno pudo escuchar y respondió a su llamada.

“—¡Oh ven, ven tú!”.